‘Periferia’ (Xerais, 2010), de Iolanda Zúñiga, está escrita sobre las ruinas de la ciudad. São Paulo en época de matanza, esparcidas las vísceras de la sociedad capitalista. Miseria y simulacro.
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Dieciocho millones de habitantes y no hay nadie a quien tocar. Luciana/Simone y Brown simulan ser los protagonistas de la novela, pero ni siquiera son personas. Más bien parecen fantasmas. Como antiguos grabados fosforescentes en las paredes de un túnel que atravesamos en un tren a gran velocidad. Alta velocidad. El apetito de la metrópoli es inmenso, el relato no da. Para contar la ciudad en ruinas en época de matanza hay que buscar otro artefacto. Iolanda Zúñiga (Vigo, 1975) propone uno. Cosa infrecuente.
La relación de Luciana/Simone y Brown es solamente el mal necesario que consiente una novela como Periferia, ganadora este año del premio más dotado (Xerais) de la narrativa en gallego. El resto es una conspiración contra la lectora. Iolanda Zúñiga la somete a una tortura. Quinientas páginas, once saltos de párrafo. Un disco larguísimo: nueve cortes, un bonus track y otra pista oculta. Y a lo largo de toda la serie, todo. Es lo que tiene de específicamente moderno Periferia: la vocación totalizadora. La voz quiere un mapa de la barbarie. El deporte, el narcotráfico, el hambre, el tráfico, la violencia, la prostitución, la corrupción, el vaciamiento moral, las políticas públicas, la favela. El gallego, el brasileño, la gíria. Los titulares de los periódicos, los manifiestos, los diálogos desguazados en la calle, los anuncios luminosos, las telenovelas, los informes gubernamentales, las consignas, cientos de canciones, Sonic Youth, O Rappa, Legião Urbana, la música popular brasileña.
Iolanda Zúñiga ya había trabajado a destajo con el lenguaje en su debut en la narrativa breve, pero había algo perverso (y publicitario) en la prosa de Vidas post-it (Xerais, 2007, reedición en 2010). Aquel puñado de historias también era un tratado de sintomatología urbana, pero la prosa era una prosa-eslogan. Adolecía de una cierta tendencia al gag. En el caso de Periferia, todo ese trabajo parece destinado a intentar la totalidad, por un lado, y a incomodar la lectora, por le otro. Que se sofoque, que sude, que abandone y vuelva se quiere (algo).
A Zúñiga le pasa con Periferia lo que a Paulino Viota con Contactos (1970). Para aquella película, el cineasta santanderino había ideado un dispositivo áspero, deliberadamente inhabitable. Quería que su film fuera una patada en la conciencia del espectador en tanto espectador, contra la retórica alienante del cine apodado “clásico”, y en tanto ciudadano, sometiéndolo a la dureza (y la banalidad) de la resistencia antifranquista en el penúltimo aliento de la dictadura. A fuerza de dejar la cámara en el pasillo y esperar a que los personajes atravesaran el plano-secuencia hacia ninguna parte, Viota descubrió el pasillo y la espera. Al meter el hocico en las vísceras de la ciudad para retratar la barbarie, Iolanda Zúñiga vislumbra, no la ciudad, sino una forma para delimitar la ausencia de la ciudad. Un lenguaje para las ruinas. Y ahí, más que en la lectura (ecosocialista) del mundo, es donde Periferia es importante. Al fin y al cabo, ¿qué es la literatura (de izquierdas), Barthes? “Ese esquivo y magnífico engaño que permite escuchar la lengua fuera del poder, en un esplendor de una revolución permanente del lenguaje”. Creo.

